La soledad del guerrero

Creo firmemente que cuando tienes que luchar contra algo, tienes que hacerlo solo. Evidentemente, es necesario, tener gente cerca que nos apoye, pero la batalla la tenemos que librar nosotros mismo, convencernos de que estamos haciendo lo correcto y seguir adelante.

A veces, dudas, tienes miedo, reculas, quieres volver a la casilla de inicio, pero hay un momento en el que tu voz interior te habla y te dice “estás por el camino correcto”. Esto es lo que tenemos que hacer, lo que tenemos que buscar, lo que tenemos que lograr,… sentirnos satisfechos con nuestras acciones, con nuestra forma de enfocar la vida, con nuestro modo de decidir qué es lo que queremos hacer con cada uno de nuestros días.

Vivir, es una única palabra pero dentro de estas cinco letras hay un sinfín de posibilidades que solo nosotros podemos elegir. Una buena elección te acerca a la felicidad, una mala elección te aleja de ella. Pensemos, oxígeno, calma, paz, paciencia,… tenemos que aprender que las cosas no son aquí y ahora, que los procesos suelen ser largo y, casi siempre, dolorosos, pero nos llevan a donde queremos ir y eso solo lo podemos decidir nosotros.

El toro por los cuernos y hacia delante, siempre hacia delante.

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Caos

Mi vida es un caos constante. A veces lo disfruta, otras lo odio. Siempre digo lo mismo, algún día empezaré a ordenar mis ideas, a poner por escrito mis metas y a luchar por ellas. Supongo que es fácil decirlo y más complicado llevarlo a cabo cuando eres impulsiva, como yo.

Escucho parte de mi cabeza decirme, que me aleje de todo, que empiece de nuevo, que deje de hacer lo mismo y busque un nuevo camino que, quizás así, se arregle un poco el caos. En cierto modo, me gusta que esa idea ronde mi cabeza, puede que incluso más pronto que tarde se haga realidad. Empiezo a darme cuenta de que tal y como me comporto los resultados no son lo que me gustarían y, según dices, si haces siempre lo mismo tendrás siempre el mismo resultado.

Lo único que no me convence, que tendré que empezar obligándome. Odio no hacer lo que quiero en cada momento porque me gusta eso de decir “quizás mañana no estemos aquí”, pero al final empiezan a pesar los errores cometidos una y otra vez, la confianza perdida y las ganas flaquean. Quizás, me haga falta distancia y me refiero a la física, aunque eso, por el momento no es una posibilidad. Quizás, solo me haga falta centrarme en otro punto, quitar mi fijación constante de esa espina clavada de lo que pudo haber sido y no fue. Pensar en mí, dejar que la vida siga su curso y no pensar demasiado.

¿Cómo se hace? Eso ya es otra cosa. Ojalá tuviera la respuesta y fuera capaz de entender cómo funciona todo esto de los sentimiento tan bien como para poder controlarlo. Al final, creo que todo es mucho más sencillo de lo que nosotros creemos. Es ser quien somos, sin forzarnos. Es aprender a echar de menos. Dejar que nos duela sin intentar evitarlo. Quizás simplemente es que preferimos la anestesia a la cicatriz, pero al final incluso con anestesia la cicatriz acaba apareciendo.

Empecemos de nuevo, suena bien y, quién sabe, quizás haya una oportunidad esperando por nosotros a la vuelta de la esquina sin que lo sepamos.

L.

Cuando la cuerda se rompe

Tengo demasiado miedo ya para seguir diciendo que está vez es la definitiva, pero en realizar creo que nunca fue tan diferente. Es la primera vez que siento rabia, incluso odio, algo que nunca me había pasado. Me he cansado de justificar lo injustificable, de entender lo imposible, de creer lo que quería e inventarme el resto.

Sentirme engañada, incluso gilipollas, fue la gota que colmó mi vaso. El hecho que rompió mi cuerda que parecía eterna de tan flexible que la había hecho. Pero no, supongo que hay un punto en el que decides que ya no vale la pena. Que mejor pasar el dolor de echar de menos a sentirte utilizada. Supongo que hay un punto de no retorno en todo en esta vida.

En realidad, no sé si sentiré tanto con alguien como lo hacía con ÉL, pero, sinceramente, ¿es eso lo que nos hace felices? Empiezo a pensar que no. Porque conseguía erizarme la piel con solo tocarme, pero también conseguía que a cada momento tuviera miedo de que se fuera y eso, de verdad os lo digo, no me hacía feliz.

Supongo que todo en esta vida supone un equilibrio. Ni la paz eterna de una relación aburrida, sosa y monótona, ni el estrés constante de un alma libre que hoy está y mañana ya veremos.

Al final, empiezo a pensar que quizás nunca me quiso.

L.

Cicatrices

Todo el mundo dice eso de que estamos hechos de pequeñas cicatrices que se van quedando con nosotros, pero hay días en que eres muy consciente de que tienes una cicatriz.

Mi primera gran cicatriz se materializa cada 23 de junio porque era la fecha que había escogido para casarme. Cada año en esa época me siento rara. Pienso en qué sería de mí si hubiese tomado otras decisiones. Me permito estar triste. Me permito llorar. Me permito sufrir por un día. Sé que pase el tiempo que pase no va a hacer que ese día sea mejor para mí. Será una fecha que estará marcada para siempre en mi vida y que siempre me traerá recuerdos.

Hoy, una herida abierta, está cicatrizando. Hoy me doy cuenta de que ya no hay vuelta atrás y que el dolor fue más que suficiente, que ya no puede ser, que tengo que ser capaz. Quiero poner ese punto y final para poder volver a empezar. Pero sé que todo eso me va a costar otra gran cicatriz, diferente a la anterior. Más dolorosa todavía, porque me hace llenarme de miedo, de rabia, de odio,… Me hace cuestionarme sí vale la pena ser como soy. Sí vale la pena darlo todo por las personas a las que queremos, porque acabo siempre tan vacía, tan rota, tan dolida… A veces siento que ya nunca seré capaz de ser como era al inicio. Que no seré capaz de volver a ser esa pequeña que creía en el amor como el motor más importante de su vida, qué quería formar una familia grande, tener una casa llena de ruido y qué pensaba que ese sería su futuro.

Ojalá, todo esto pase y pueda volver a ver las cosas de otra forma, pero a veces dolió tanto que es imposible olvidar esa sensación y hacer como si no hubiera pasado. Sientes que el amor ya no vale, sientes que siempre hay un engaño, que incluso tú te mientes e intentas ver vasos vacíos medio llenos… ¿De verdad siempre es tan complicado?

L.

Pequeñas condenas

Sábado por la mañana. Trabajo. Café en vena. Ganas de casa, pijama, sofá y amigas. Hay días que se hacen cuesta arriba, que no tenemos ganas de salir a la calle porque para eso hay que ponerse la máscara. Así que nos quedamos de puertas para adentro. Nos acurrucamos y nos contamos nuestras mierdas entre cervezas y comida. ¿Se os ocurre mejor plan para un sábado noche? A mí no, porque ellas siempre están cuando las necesito y a veces estar rodeada de la gente que te quiere es suficiente para sentirse bien.

A veces intento calcular cuánto tiempo me llevará reponerme. Qué tontería, ¿verdad? Pero pienso que ya han pasado algo más de tres semanas y que cada día es uno menos hacia sentirme mejor. Otras veces creo que tendré que aprender a vivir con esta sensación de echar de menos. Y, me voy a sincerar, no echo de menos a la persona en sí, sino aquellos maravillosos momentos en los que todo estaba bien. Supongo que eso es lo que realmente añoro. Sé que todo estaba roto, que no hay vuelta atrás, que ya quemamos todos los cartuchos de “un intento más que vale la pena” y ahora entre nosotros no quedan más que los miedos, las dudas y las mierdas que se acumularon en las esquinas. Pero echo tanto de menos aquella sensación de esplendor de los inicios que me cuesta pensar en qué, a lo mejor, no vuelve a pasar…

Otras veces simplemente dejo de pensar en ello, me dedico a seguir adelante. Porque me convenzo de que yo puedo controlar en qué pensar y qué cuanto menos vueltas le de al pasado, mejor. Y así me sumerjo entre libros, apuntes, trabajo,… cualquier cosa que me mantenga ocupada y me haga no tener tiempo para pensar en nada. Funciona y hay días en los que lo único que pasa por mi cabeza son letras y más letras…

Las menos me dejo inundar por esa sensación de tristeza, la acojo, la dejo pasar por mí, lloro si me lo pide el cuerpo y me desahogo. Intento pensar que esos malos momentos me harán más fuerte y mejor en el futuro y que, algún día, echaré la vista atrás y pensaré que he sido muy valiente. Que me sentiré orgullosa de mis decisiones. Qué lo estoy haciendo bien aunque duela.

Y así, sin más, pasan los días como si fueran pequeñas condenas.

L.

Poco a poco

Me refugio en los libros. Me da igual si es literatura o si se trata de cosas académicas, pero leer me hace dejar de pensar en otras cosas. Supongo que es una tarea que me consume energía y, por eso, me gusta. Me gusta leer y no pensar.

Esta semana ha llovido tanto que parece que nunca volverá a salir el sol. A veces en la vida también nos sentimos así. Creemos que nos han pasado tantas cosas malas, que nos está doliendo tanto que nunca volveremos a sonreír. La buena noticia es que es mentira. Todo en esta vida gira y todo cambia y todo pasa, por supuesto. Volveremos a ver brillar el sol e, incluso nos quejaremos de que hace demasiado calor, y volveremos a sonreír a carcajadas hasta que nos duelan los músculos. Eso es lo bonito de la vida, que siempre nos sorprende.

Cada momento de nuestra vida tiene un encanto especial, pero los momentos malos duelen. A nadie le gusta estar en el cochecito de abajo de la noria, pero a cada vuelta te toca pasar por allí. Así veo yo la vida, como una noria. Subimos y bajamos de forma constante y no podemos hacer nada hasta que nos bajamos de ella, no está en nuestras manos. Solo podemos aceptarlo y cuando estamos abajo coger impulso para disfrutar al máximo de las vistas que tenemos cuando nuestro cochecito está en lo alto de la noria.

Y en eso estoy. Cogiendo impulso. Con calma. Serena. Sin prisas. Simplemente dejando que las heridas, poco a poco, se cierren. Siempre nos quedarán las cicatrices de todo lo vivido, pero las cicatrices no duelen sólo se ven. Por el momento, me dejo cuidar y mimar por mi familia y amigos. Me sumerjo en aquellas cosas que me gustan y me relajan, como escribir, y dejo que vayan pasando los días. Sé que habrá un momento en el que veré hacia atrás y esto me parecerá una tontería, lo sé. Ya me ha pasado. Todo acaba relativizándose con el paso del tiempo.

Mis planes más cercanos pasan por ir a un concierto de Zahara, trabajar y estudiar mucho y, puede que en breves un viernes noche de chicas, de esos de cenar y bailar hasta las tantas. Eso me hace feliz, saber que todavía me queda mucho por hacer. Pero poco a poco, sin prisas, que al final lo único que hacen es que las heridas curen mal y las cicatrices sean mucho más feas.

L.

Estamos obligados a disfrutarlo

De vez en cuando uno decide incorporar nuevas rutinas a su día a día. En mi caso, normalmente, coincide con épocas en las que me suceden cosas. Supongo que nos pasa a todos, ¿no?

Nunca he fumado, pero a quién conozco que lo ha dejado dice que lo más difícil es acostumbrarte a nuevas rutinas, asimilar que después de comer no habrá un pitillo, qué con el café no habrá pitillo, qué antes de acostarse no habrá pitillo,… Al final somos animales de costumbres y vamos adquiriendo hábitos que nos cuesta romper.

Yo he empezado a cambiar pequeñas cosas de mi vida. Por las noches, siempre leo antes de dormir. Por las mañanas, lo primero que hago es poner música. Por las tardes, procuro dedicarme un rato a mí y ver alguna serie en el sofá. Y así un largo etcétera de pequeñas costumbres que hacen de mis días algo propio. Supongo que otra de esas cosas es que ahora intento escribir algo todos los días, ¿por qué? Porque me relaja.

Soy de esas personas que siempre están pensando en mil cosas. De esas personas que a cada momento se hacen esquemas sobre porqué he llegado aquí, qué estoy así, a dónde puedo llegar,… Y así una y otra vez cambiando los argumentos, pero siempre con el mismo esquema y siempre sin excepción. Es algo que me agota y que he intentado cambiar, pero no soy capaz, por lo que ahora simplemente busco cosas que me permitan acallar estos pensamientos y, una de ellas, es escribirlos. He ahí la razón de este diario.

Ahora mismo estoy inmersa en lo que será mi trabajo de fin de máster, es mi forma de mantener la mente ocupada, leer teorías, analizar estadísticas y plasmar ideas previas agota y eso ayuda a que la mente esté cansada para seguir analizando mi vida personal. Hace poco fui a un espectáculo que se llama The hole zero, estuvo muy bien, la verdad. La persona que conducía el espectáculo salía a escena sola, pero al rato salía otro personaje al que llamaba “su conciencia”, era muy divertido, pero al mismo tiempo una gran realidad. Todos tenemos dentro esa voz que podemos llamar conciencia, pensamientos o como nos de la gana, pero todo tenemos algo dentro que nos habla y, por momentos, resulta difícil de sobrellevar.

La buena noticia es que esa conciencia forma parte de nosotros y, por tanto, podemos trabajar en ella, podemos guiarla y hacer que sus palabras nos ayuden en lugar de restarnos energía. Intentad lo siguiente: todos los días agradecer tres cosas (por escrito), todos los días que vuestro último pensamiento antes de dormir sea algo agradable y que todos los días os levantéis diciéndoos a vosotros mismos que “Hoy será un gran día”. Son pequeños gestos, pero hacen que nuestra cabeza se enfoque en cosas buenas y de esa forma evitamos los malos pensamientos, dudas, errores, rencores, iras,… y tantos y tantos otros sentimientos y emociones negativas que también existen.

Otra cosa sobre la que estoy entrenando es sobre no juzgarme. Muchas veces somos demasiado duros con nosotros mismos, nos exigimos muchísimo y, sin darnos cuenta, creamos unas expectativas que cuando no cumplimos nos frustran. Hay días que vale con haber sido capaz de llegar al final del día y, está bien, mañana tenemos una nueva oportunidad. Hay días en los que lloramos, está bien, es necesario dejar que las emociones salgan al exterior. Hay días en los que no nos apetece salir de fiesta con nuestros amigos, está bien, un libro en soledad es un gran plan. Lo único que tenemos que recordarnos es que lo estamos haciendo lo mejor que sabemos, darnos tiempo para que las cosas pasen, no encerrarnos y dejar que nuestros amigos y familia nos ayuden y acompañen y recordad que todo es pasajero, lo bueno y lo malo, por lo tanto estamos obligados a disfrutarlo.

L.

 

Impacto positivo

Es lunes y estoy enferma desde hace una semana, una combinación poco recomendable para sentirse bien. Aún así, no me ha costado levantarme, porque hoy no he puesto el despertador, ayer dejé la persiana un poco subida y la luz se ha encargado de decirme que ya era de día. Eran las ocho y media de la mañana y, la verdad, no me costó despertarme pero sí me costo levantarme y salir de las sábanas donde estaba tan calentita. A las nueve menos diez dí un salto de la cama y me puse en marcha. Lo primero, como siempre, el café, el zumo y una tostada.

Ahora mismo son las diez y media y ya me ha dado tiempo a sentirme orgullosa de mí misma. Entré en el correo del trabajo, en las redes sociales, escuché el podcast de los sueños de Balamoda y al llegar al Linkedin me encuentro con un mensaje de mi compañera de trabajo María en el que dice que es fan de mí y de mi impacto positivo. ¿Impacto positivo yo? Eso es lo primero que pienso, quizás por eso de que nos cuesta reconocer nuestras virtudes y aceptar los halagos, pero lo cierto es que pensándolo bien he llevado una sonrisa a la oficina casi todos los días de este último año e intento sacarle una sonrisa a todo aquel que se cruza en mi vida. ¿Porqué? Por que cuesta lo mismo sonreír que no hacerlo y, os aseguro, que nuestra vida mejora de forma exponencial cuando lo hacemos.

La verdad es que llevo meses, quizás ya algo más de un año leyendo y buscando información sobre inteligencia emocional, emociones y todo lo relativo a trabajar cómo nos sentimos con nosotros mismos. Lo hice a raíz de un episodio duro en mi vida en el que necesitaba volver a encontrarme y, la verdad, no he parado de seguir investigando en ello. Si queréis que os diga la verdad, cada día creo más en que somos los dueños de nuestro bienestar independientemente de todo aquello que debamos gestionar y teniendo en cuenta que habrá momentos duros en nuestra vida.

Ahora mismo estoy en medio de una ruptura, hace poco más de quince días. Siento que estoy llevando esta situación de una forma madura, más calmada, menos dramática. Me estoy haciendo menos daño a mí misma. Evito el victimismo. Dejo que las lágrimas caigan cuando me siento triste, pero después busco algo que me motive y salgo de ese agujero. Quizás sea más complicado ser consciente del proceso, pero nos aporta el control de nuestro bienestar.

Cuando me siento triste lo primero que hago es pensar, ¿cuál es el motivo de mi pena? Muchas veces la respuesta es la soledad y justo después analizo la situación, vuelvo al pasado y me recuerdo a mi misma que uno de los motivos de la ruptura fue que muchas veces yo ya me sentía sola. Me recuerdo los motivos por los que decidimos que no podíamos seguir adelante y justo después me digo que en el futuro me están esperando cosas maravillosas, pero antes debo prepararme para poder disfrutarlas. Me tomo este tiempo que sé que me dolerá cada día la ruptura como un proceso. Un proceso hacia un futuro mejor. ¿Es mentira? No lo sé, pero tenemos que tener ilusiones y esperanzas, tenemos que automotivarnos para seguir y, a veces, recordarnos que simplemente con sobrevivir un nuevo día hemos hecho suficiente.

No nos juzguemos tanto, dejemos que el tiempo pase y la vida fluya. Todo lo que os he dicho no está reñido con qué hay días que lo echo tanto de menos que tengo la necesidad de escribirle o llamarle, con que a veces no me apetezca salir de casa, que todavía no esté preparada para divertirme como lo hacía antes. Quizás simplemente es que soy capaz de dejar todo eso a un lado, que siga su curso y yo mientras disfruto del proceso. Veo lo bueno de un sofá y un libro. Veo series sola y pienso, reflexiono, me inspiro. Me ilusiono con pequeños proyectos personales y profesionales y busco mi camino. Poco a poco, esto no es fácil y no hay fórmulas mágicas. Hay que pasarlo y nadie nos librará de ello, pero ser conscientes de lo que nos pasa, analizarlo y aceptarlo ayuda a nuestro bienestar y, eso, no tiene precio.

L.

Todo o nada

“La vida nos da limones y tenemos que hacer limonada”, ¿es así? Supongo que sí. Al final en la vida de todos pasan cosas maravillosas que, evidentemente disfrutamos, pero lo que distingue a alguien normal de alguien extraordinario es, sin duda, ser capaz de sonreír en los malos momentos. Supongo que es fortaleza o capacidad de ver más allá del momento en el que estamos.

Hace no mucho tiempo cobró para mí mucho sentido la frase de la canción de Leiva No te preocupes por mí que dice.

“Y aunque te pese, te juro que esto no es lo que parece
No te convence, todo cambia, nada permanece
Después de superar mi límite mental he vuelto a remontar de repente”

Sobre todo esa parte, donde dice todo cambia, nada permanece. Esa frase tan simple es la clave para entender que la vida es constante movimiento y qué, por ello, debemos disfrutar de cada momento bueno y también dejar fluir los momentos malos porqué al final ningún estado es para siempre, ni la felicidad que nos aportan tantas pequeñas cosas día a día, ni los dolores que nos provocan los golpes que nos da la vida.

No sé si es que entendí esto y lo he interiorizado tanto que estoy aprendiendo a gestionar mis emociones, o si es que todavía no he entendido que hay cosas que ya no volverán a ser como eran, pero la realidad es que estoy bien. A pesar de haberse roto una de las relaciones que más me ha hecho sonreír, sentir, vivir y soñar. Pero no sé, supongo que cuando las cosas se rompen, se marchitan, se vician y se vacían. Supongo que cuando ya no estás a gusto en un lugar, es mejor irse, aunque duele, aunque lo eches de menos y aunque a veces quieras volver a sentirte arropada en la cama mientras te abrazan. No es fácil superar que una ilusión ya no va a hacerse realidad, pero hay que ser lo suficientemente fuerte para saber que “toda cambia, nada permanece” para entender que llegarán otras ilusiones, otros miedos y otros que te harán volver a sonreír.

El truco infalible es rodearte de gente que te quiere. Gente que te hace reír aún cuando estás en tu día más catastrófico porque saben hacer el payaso como nadie. Esa es la gente que merece ocupar tu tiempo. Los proyectos que te ilusionan. Las miradas que te inspiran amor y cariño a partes iguales. Las personas que sienten por ti admiración y que te hacen creer en tu poder y tu magia. ¿Porqué, sabéis una cosa? Todos tenemos magia en nuestro interior, simplemente es que muchos la escondemos porque ya estamos hartos de enseñarla y que la pobre acabe pisoteada por el suelo.

Soy una persona con tantas inseguridades que a veces me siento horriblemente mal conmigo misma. Algunas de ellas son culpa mía, porque me tengo que decir muchas más cosas bonitas y menos reproche e intentos de perfección que no nos llevan a ningún lado. Otras son culpa de haberme rodeado de gente que, al fin y al cabo, no me querían como soy, no me apreciaban en mi caos, en mi mundo y, eso, de verdad que no merece la pena.

Recuerdo los comienzos, los días en los que al verme su cara reflejaba esa pasión y admiración por algo nuevo, algo por descubrir, algo que te ilusiona,… Cuando alguien te ve con esa cara tú te impregnas de ello y brillas. Pues yo quiero eso siempre y si no va a ser así, no quiero nada. Soy así, de extremos. Todo o nada. Y, ¿qué le voy a hacer? si en mi casa me han enseñado a que sueñe alto para llegar al infinito…

L.

Vida: soñar, reír y llorar.

Escuchar una lista de spotify que se llama “Your favorite coffeehouse” y sentarme en el sofá. Manta y portátil sobre las piernas. Dejarme llevar y escribir. Supongo que es una de esas cosas que me relajan. Hay días difíciles, que cuestan, que se atragantas, pero de repente piensas en que mañana será otro día y esta ya no volverá. Por muy malo que haya sido ha tenido cosas estupendas y me las llevo conmigo. Las malas también, para aprender.

Leí hace mucho no recuerdo donde qué cuando algo duele, debes abrazarte a ese dolor y disfrutarlo porque es que estás sintiendo. Supongo que es cierto. Las emociones que pasan por nosotros están ahí porque tienen que ayudarnos a seguir adelante. El dolor nos alerta de qué cosas nos hacen daño. El amor nos acerca más a esas personas que nos ayudan a seguir adelante. El miedo nos dice que lo que queremos conseguir no será fácil y nos hará reinventarnos. Cada sentimiento que nos atraviesa el cuerpo nos ayuda a convertirnos en la persona que seremos en el futuro.

Hoy ha sido un día difícil, pero un día lleno de emociones que recordaré. Ha sido mi primer día en un nuevo sueño. Un primer día de semana en una nueva vida. Una ilusión y una meta. Ganas y miedos a partes iguales. Hoy me he dicho a mí misma que estoy orgullosa de mí y eso vale oro. He llorado hasta que se ha hinchado tanto la cara que no me reconocía delante del espejo. Después, me lavé la cara, me tranquilicé y me dije: “estás haciendo lo correcto, sigue adelante” y aquí estoy, orgullosa de mi misma.

Escribo sin tener un objetivo, pero sé que necesito escribir, necesito respirar y me gusta hacerlo dejando que mis dedos pulsen cada tecla sin pensar. Me gusta esta sensación de desahogo que siento cuando las palabras salen de dentro de mí sin esfuerzo. Ojalá todo saliera de dentro de nosotros con tanta facilidad, pero no es así. Avanzar es difícil, siempre. Cambiar da miedo, siempre. Pero hacer lo correcto nos hace sentir bien, siempre. Por eso, a pesar de todo, sonrío. Por eso sé que todavía tengo mucho que vivir, mucho que soñar, mucho que reír y, por supuesto, también mucho que llorar.

L.